Las otras elecciones: lo que espero de la escena cultural venezolana en el 2024

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Mientras escribo esto se cuece en medios sociales una conversación exhaustiva, sensible, caníbal, sobre lo que nos ha sucedido durante los últimos 25 años en Venezuela. Es, en parte, una disputa —saludable, ojalá— de quiénes recuerdan todo lo bueno que éramos, y quiénes ostentan facultades oraculares afirmando todo lo bueno que pudimos haber sido. Entre esos debates rumiantes y borrascosos, sumado a las legítimas preocupaciones respecto al próximo —ojalá, otra vez— escenario electoral, es perfectamente comprensible que no alcance el tiempo, que sea postergado, y hasta inoportuno, disponernos a otras cuestiones que podrían importarnos a sujetos con cédula de identidad. 

Hablar de arte, escena, y cultura en Venezuela es menos que una agenda estable, acaso un evento meteorológico, según vaya sucediendo una que otra novedad escandalosa. Ese mismo clima inestable suele estar segmentado geográficamente a la ciudad de Caracas, y tal vez a sus estados más próximos; es así como hablar de arte, escena, y cultura, es solo una eventualidad urbana, pecado que estoy cometiendo sin poder hacer mucho al respecto, pero con ansias de romper ese esquema de alguna forma. Inocencias. 

Con la ingenuidad de alguien que hace un cuarto de siglo tenía cuatro años de edad, opto por las únicas elecciones con ligeras certezas que se pueden escoger en este momento. Será un corto repaso, con la mirada de producción, por las actividades culturales y sus vericuetos recientes. Una oportunidad menina

 Recorte de un diario nacional del año 1991 en una venta de hortalizas (2023)

“Disculpa, ¿cómo es que se llama esto?”

Se me hizo tardísimo. Cuando es tardísimo se debe tomar una decisión sobre llegar tarde, o no aparecer. Por suerte, todo es posible en la viña de los eventos culturales en Venezuela y, aunque la convocatoria decía que la hora de inicio sería las 6:30PM y llegué a las 7:15PM, el espacio solo parecía estar ocupado por los organizadores, cinco personas más, y ahora por mi.  

Desde una mesa con un mantel de plástico florido, en lo que asumo es un stand de recepción, alguien me hace señas y dirige a otras personas que incurren también en la categoría de tardísimo. Una muchacha con la amabilidad y ademanes propios de primeros semestres universitarios me consulta si tengo un pase de cortesía, respondo que no y pregunto por la entrada. «Son $10 en efectivo». No hay punto de venta o forma de pago en bolívares. Entrego un billete de $20 y no tienen cambio. Me ofrece la posibilidad de cambiarlo en cervezas que venderán más tarde. El apuro me obliga a no oponer resistencia. La música del espacio nos orienta a avanzar hacia un salón que cierta vez, especulo por sus formas sugerentes, conservó retratos familiares, un seibó de cristalería, y ciertas incontinencias familiares. Ahora estoy sentada en la comodidad de una silla manaplas, esperando que encienda el videobeam para ver un documental que pude haberme descargado de la bahía pirata, pero la vida adulta no opera bien en aislamientos. Fuera de la comodidad está el prójimo, y hay que saber incomodarse. Es por eso que cuando la función empezó y las cornetas no funcionaban, solo pensé que vivo en la única ciudad del país en la que quizá hay un evento a esta hora de la noche. Decido quedarme; el sonido arranca, y escuchó a alguien atrás susurrar: “disculpa, ¿cómo es que se llama esto?, no se entendía bien en el flyer”. 

La descripción anterior corresponde a un día cualquiera en un evento cualquiera. En Venezuela, el presupuesto nacional sembró el desierto en el campo cultural desde hace varias décadas. La crisis política y socioeconómica, en conjunción a una intervención politizada y quirúrgica de espacios e instituciones, trajo como consecuencia la deserción importante en términos de cantidad y calidad de propuestas culturales. Estas fallas acumuladas devinieron en una dinámica que ha imposibilitado encarar pilares cruciales como el ámbito de formación y la construcción de relevo con referentes. Sin modelos de gestión claros, sin diálogos intergeneracionales, sin cooperación privada-pública, sin contabilizar o exponer mínimas estadísticas anuales que auxilien en la pedagogía de nuestros consumos, es ficción decir que hay tal cosa como una industria cultural en el país. ¿Existió?, otra utopía para debatir en razón de este cuarto de siglo.

Ante el desamparo, respondieron responsablemente los espacios independientes. El medio artístico resistió los peores años gracias a plataformas e iniciativas autogestionadas que enfrentaron la tarea de sensibilizar, visibilizar y admitir, al margen de cualquier subsidio o apoyo institucional, diferentes formas de creación y difusión artística. Hoy, cuando se susurra entre espectadores un posible despertar en el paisaje cultural venezolano, podríamos tomar ventaja propiciando este nuevo trance en búsqueda de desenlaces fructíferos. Es otra manera, una con menos incertidumbre, de tomar elecciones por el futuro que nos espera. 

Cartelera de la Cinemateca Nacional anunciando la programación del día (2023)

Tus amigos, mis amigos, nuestros amigos

“¿Es posible que vivan tantos seres que andan, hablan, saludan, y después prosiguen sus rutas sin, tal vez, regresar, sin, tal vez, recordar”, esto se preguntó la luminosa poeta venezolana Elizabeth Schön en una prosa naíf ambientada en la ciudad de Caracas. En este poemario Lucía y Juan, protagonistas del texto, se conquistan y se disuelven en una ciudad que insinúa ciertas cosas interesantes: bellezas naturales, gente risueña,  y otros patrimonios que hoy solo existen en abandono. Sugestionada por la creación de Elizabeth, denominaré a un supuesto Juan y una supuesta Lucía en un diálogo pedestre, enmarcado ahora en el ardid de la nueva Caracas. 

—Antes de vivir en Caracas pensé que haría dinero para irme. Todo el dinero que hago ahora lo uso en poder vivir aquí. 

—Quedarse o irse tiene precios diferentes.

—Hablando de pagar, ¿te darán algo en la función del fin de semana?.

—Lucía, no puedo pedir que me paguen. Ya me están dando la oportunidad.

—De tantas oportunidades nos vamos a morir un día, Juan.

Está bien, Elizabeth reprendería este gesto. Vamos de nuevo. 

Ellos son Lucía y Juan. La primera, con una licenciatura de una universidad pública en una carrera que nunca le convenció demasiado; el segundo, con estudios varios en numerables institutos, escuelas técnicas, y una carrera ahora silenciada en diversas tendencias políticas. Lucía es prima de mi amiga, ex novia de tu amigo, compañera de trabajo de tu sobrino y productora de un proyecto de alguien que conoces. Juan es mejor amigo de tu hermano, ex alumno de mi jefe, primo segundo de tu prima y camarógrafo de un proyecto que voy a producir. Tus amigos, mis amigos, y nuestros amigos están relacionados en este circuito minúsculo que compromete la otra supervivencia civil, la de la resistencia creativa. Conviene pensar en terrenos en emergencia, como la precarización y la crítica, para reparar en otras urgencias como la inclusión, la tecnologización, la sostenibilidad, la preservación e investigación de archivo, y un sinfín de aristas . 

Si Lucía y Juan no reciben condiciones laborales y económicas justas, sin obtener reconocimiento en sus espacios de trabajo, si a alguien se le olvida preguntar cuánto son sus honorarios -con el solicitado ajuste de precios de amigos, de panas, de connacionales a connacionales, o de comerciantes a emprendedores -, estamos precarizando nuestro círculo inmediato y, por lo tanto, debilitando el tipo de proyectos que surgen en el medio. 

«¿Necesitamos críticos en esta era de opinión?», le preguntaron a la escritora y crítica Susannah Clapp, quien respondió que “en el mejor de los casos, y sin ser demasiado pretenciosos al respecto, deberías poder argumentar que cualquier arte, libro o espectáculo es un camino hacia un mundo más amplio, para abrirte al mundo, más que para que tengas una ‘preciosa comunión’ con una forma de arte.” 

Hay que abrirle espacios a la crítica sin esperar tener preciosas comuniones. La demanda de «apoya mi trabajo» debe venir respaldada de un aura responsable y madura de exigencia frente a la obra-creación-propuesta sin condescendencia. Interpelarnos también puede ser un recurso afectivo, una zona de confianza absoluta; cuestionar lo que estamos haciendo y cómo lo estamos haciendo tiene un soplo de responsabilidad afectiva. No argumentar ni reflexionar sobre los eventos, actividades, y relaciones en el marco de las actividades culturales es contribuir a la censura prolongada que se sostiene estructuralmente, amparada por la institucionalidad que atiende a partidas presupuestarias esporádicas y con obligaciones ideológicas.  

Tenemos que poder exigirnos un poco más del mínimo. Sin miedo, sin angustias, sin que exigirnos más signifique un pacto de sufrimiento donde pongamos en tela de juicio nuestras capacidades. Usemos nuestro circuito de confianza con el respeto, consentimiento y afecto que ello implica. Por amor a Juan, por amor a Lucía.  

Nada será lo que tú recuerdas que era

Crear contra la bajeza

Varias propuestas artísticas del pasado año avivaron prometedoras visiones en nuestro presente caótico e inflacionario. Con un arsenal de invitaciones a tours, happenings, toques, bazares, inauguraciones, y otros sucesos de buenas voluntades, la oferta cultural iluminó la escena caraqueña. Entre ellas, cabe destacar la brillantez de opciones como el 2° Festival Internacional de Cine Contemporáneo de Caracas, Habitar el Cine, por una curaduría excepcional y necesaria para expandir horizontes al público espectador; el 23º Salón Jóvenes con FIA, por reunir una astuta exhibición de creadores; el 3° Festival de Artes Escénicas Franco Venezolano, por rendir homenaje con una agenda emotiva a la maestra Sonia Sanoja; la exposición del artista gráfico Yonel Hernández; el montaje de la prolífica agrupación teatral venezolana Deus Ex Machina, “Un Vestido para Doris Wells”; el lanzamiento de Aguaviva, de La Siren La Ziren; el compromiso absoluto de la fundación La Poeteca, las publicaciones de libros; las discusiones abiertas; y un mar de posibilidades atractivas a las que habría que dedicar una merecida e individual reseña. 

Mientras tanto, es reconfortante pronosticar en los días venideros un listado de actividades que sirvan para aliviar el agobiante escenario de elecciones, candidaturas, y campañas. Con ese espíritu, sería útil fundamentar nuestras necesidades de contacto cultural en una disposición sólida de proyectos y actividades que sobrevivan a una realización y hechura desesperada. Sabiendo el pacto a ciegas que supone crear en nuestros desagradables contextos, habrá que seguir creando exigiendo más de nosotros; hasta que el resultado sea una realidad un poco menos adulterada por la desidia, un poco menos abominable. Juan Liscano, con su abundancia verbal, lo pronuncia mejor: «la única novedad que podemos ofrecer es la de la tradición transculturada, la de la creación de narradores, poetas, músicos, artistas plásticos, cineastas y fotógrafos capaces de rehuir la dependencia consumista, autores de teatro y actores no contaminados por el morbo televisivo, bailarines de ritos populares o de coreografías selectas. Allí está no propiamente el Nuevo Mundo americano, sino la renovada virtud de crear contra la bajeza, la realidad de un mundo superior.» 

Crear contra la bajeza; las otras elecciones que nos esperan.

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