Volver siempre será vergonzoso

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captura del cielo aquel 28 de julio de 2024

Nada de triunfal hay en el regreso. Regresar es disponerse a un tembleque en los músculos y un espasmo social. Soy compasiva con las ausencias, los abandonos, los regresos; en todos ellos hay una pena distinta que nos confronta con aquello que presumíamos inalterable, lo que se quedaría, lo que estaría contigo para siempre o no volvería jamás. Habría que abandonar más a menudo y habría que regresar con más frecuencia para entender la vergüenza propia, ya que tanto se habla de la ajena; además, nunca se abandona en el momento perfecto y nunca se regresa al mismo punto; nada se congela en tu desaparición; abandonando también desaparece una línea de tiempo donde suceso-involucrado-acontecimiento es disuelta por completo; escalofriante como suene, humano y comprensible como se ejecute.

En la misma página de lo vergonzoso, sé que siempre he narrado sin algún propósito más que el de ratificar cierto sentido íntimo de la permanencia y de lo vivido, rehusando vigorosamente cualquier expectativa por un espectador-lector, por la fulana profesionalidad, por tener algo particularmente especial que decir, o por esperar la entrevista de una estación de radio en alguna ciudad que no te conocerá nunca. Todo para decir que la itinerancia de este espacio siempre ha sido táctica. Primero, por proteger algunas vacantes laborales que sobrepasan la tolerancia de ciertos empleadores (al sector publicitario le encanta la palabra «disruptivo» solo si está en 3 diagramas de Kanban y usando metodología de project manager scrum master, que es como un asistente de preescolar esgrimiendo un termo del tamaño de su ansiedad mientras explica mapas mentales y neologismos sacados del último artículos de LinkedIn del cual leyeron cuatro líneas; uff, tenía atragantado esto, perdón); segundo, porque antes que narradora-caminante soy obrera, y sí, pienso en comer, pienso en mi(s) trabajo(s) y en la piedad de quienes podrían contratarme pero necesitan confiar en un trabajador sin ideas políticas o cuestionamientos sociales pues hace todo mucho más fácil cuando algo fracasa (y como ya vivimos bajo un proyecto país fracasado, todos han perdido la capacidad de dimensionar qué cosa es un fracaso pequeño o un fracaso real a un fracaso magno), pienso en los amigos a quienes quiero seguir cultivando y ya saben qué cantidad de cilantro le pongo a la sopa, así que realmente no necesitan estar al tanto de estos glitches ciudadanos; por último, pienso en esta vida que protegí en la pandemia y ahora debo proteger de los sapos que cantan dulcemente la melodía del asco y el zarrapastrerismo por cuidar sus cloaquitas de inacción e institucionalidad, mejor dicho, para ganarse el favor de alguien acusándolo a uno.

Abrí este callejón fugaz el 03 de enero de 2020 y luego tuvo todo el sentido del mundo cuando el mundo se estaba acabando; era la gramática del fin y había que dejar testimonio. Luego el mundo no se acabó, entonces habíamos aguantado y testimoniado para nada, así que borré una treintena de artículos sin importancia y me esforcé en dejarlo ir. Alex Saab regresó, aparecieron Teslas en la Av Francisco de Miranda al lado de los Yaris cascarillados, canonizaron a José Gregorio, se robaron unas elecciones, y el proyecto bolivariano al final pudo ser una cuña de Ávila Tv con pésima edición, porque estamos en el maldito 2026 y somos perras del imperialismo, (¿tienen algo que decir al respecto?)

Pensaba desnudacalle comoun gesto rural para hacer públicos los fracasos y prosperar en la antinostalgia, como una parcela curatorial para las implicaciones sexuales y corporales de un sujeto (y ojalá de otros); también, claro, como un ejercicio de borrado inexacto, llamémosle «destructora de contenido», por ser antagónica de esos perfiles con los que convivimos. Ahora, solo es un pequeño refugio para proteger mi vida de una epidemia peor, la del facismo yanquiveneco en esta era de presidentas interinas. Creo que puede ser eso, no estaría tan segura.

He vuelto. 

Y ellos también.

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