Tortura y pachanga; o ya basta de que esté jevi

5–8 minutos

To read

Alguna de esas fiestas, una de esas noches. En las de Las Mercedes no cuelgan cabezas, tal vez cosas peores.

Todos bailan y no pasa nada, (¿tendría que pasar algo?).

Brincamos desde un fin de mundo alterado y tanatofóbico por tocar la misma zanahoria que alguien más, desesperados para ser coronados con vacunas que resultaron en mocos verdes, ultraderecha, y prepucios deshidratados, hacia la fantasía de un país arreglándose a punta de sucesos anormales en una venezuela bodegónica neutralizada por la nutella. En ese motel identitario se encontraron óvulo y espermatozoide para fecundar un embrión que no quería ser ingeniero ni abogado, sino un feto rumbero; el cigoto en cuestión se reprodujo en un caldo tibio de nuevas importaciones y con chasquidos de afrobeat aleteo techno house, como si la hambruna nunca hubiese ocurrido, las Heineken desabridas empezaron a costar lo mismo que una cerveza nacional, los helados de yogurt y los all you can Aperol Spritz se hicieron equivalentes a la chicha callejera, de repente teníamos muros grises afeando casas, cachitos rebrandeados y minimalistas, ofertas de paddle a una hora por cien dólares, lugarcitos con el mismo PNG sin fondo, y lo inédito e inevitable: la rumba. 

El segundo período del madurismo, en combinación con el éxtasis por la vida post covidiana y las sanciones de cuentas bancarias que habilitaron el flujo de dólares bolivarianos para una nueva élite minera con ferraris en Valle Arriba, trajo consigo el «venezuelarreglismo». Duró lo que dura un restaurante colgando en una grúa. Por debajo de la mesa, nosotros, los antes reprimidos, y ahora reprimidos-consumidores intentamos mover el cuerpo sin preguntar demasiado, o haciendo las preguntas correctas, con el miedo a quebrarnos. Seguíamos vivos, sudando lo que no se podía decir salvo en casinos expropiados, ahora administrados por grupos mediadores, terrazas iluminadas a media asta, o pequeños esfuerzos de garajes y tascas; además, sea por experiencia gastronómica y asuntos odontológicos o por necesidad global, una oleada de coetáneos comenzó a regresar al país para constatar que absolutamente nada estuvo esperándolos, y que regresar a la sobrevivencia tricolor ameritaba un protocolo no especificado por la OMS. Aunque volver siempre es vergonzoso, y muchos están anhelando por ese regreso que les cambiará la vida, lo peor que nos puede hacer un perfil de «regresante» es empezar a mostrar mangos, rumbas, y una fantasmagórica escena donde todos bailan. Y bailan, y bailan, y pachanga, y bochinche, porque esa era la composición molecular del virus nostálgico.

[No hagas eso, te lo suplico.
Por favor vuelve, pero no solo a bailar.

Necesito entenderme contigo
y la rumba no me dejará escucharte.]

Entramos en un acuerdo público de fiesta como salvoconducto y paréntesis. Perreamos para olvidar el colapso y volvimos a intercambiar fluidos descaradamente para recordarnos las exigencias del cuerpo. Hasta ahí, todo más o menos bien. Ahora, ya ha pasado suficiente tiempo para salivar otras inquietudes. 

Sí sí, ya ustedes saben.

Matcha y pactchanga 

La vida nocturna en contextos antidemocráticos no es ingenua, no puede serlo. La noche es un territorio político desde siempre; «hacia la noche vamos» y, aunque nadie quiera ser la persona intensa que rompe la vibra importunando, ya sea una sensación individual o un malestar grupal (¿hay alguien ahí?) desde hace un tiempo algo se siente mal en los bochinches demasiado organizados, o recurrentes, o expansivos y totalitarios, a falta de un mejor término. 

Las fiestas de Caracas, las alternativas e institucionales, públicas o privadas, elegantes, sucias,  publicitarias, son hoy cuidadosamente moduladas, sospechosas y, por usar la palabra del momento, un sustancioso caldo de tibieza. Las críticas -si las hubiere- se producen en abstracciones y sin direccionar hacia agentes específicos sobre lo terrorífico que es circular en este país, o sobre los aspectos por considerar para mejorar en dichos eventos (asuntos gráficos, logísticos, etc). Los hosts, DJs, selectors, y este nuevo cultivo de maestros ceremoniales de esta ciudad melancofetichista parecieran amputados para dedicarle aunque sea un par de minuticos a usar sus comunidades y hablar, por decir poco, de la crisis eléctrica, del momento jodido que estamos atravesando, ¿están cuidando alguna alianza importante, ¿les importa decir algo sobre esto?.

La noche caraqueña suaviza la conversación política; por veces se vuelve chistosa, por veces cómplice. No lo condeno como una premeditación de sus productores o empleados, entiendo que todos tenemos hambre y el estatuto oficial dicta que no come quien no trabaja; pero sí es notable cómo en los últimos años hay una línea que parece dictaminar que aquel que no habla come más, y quien no pregunta aguanta alguna esquina de la cortina

El último lugar donde bailó el capturado del momento fue en San Agustín, otrora un territorio estereotipado para hablar de los votantes del gobierno bolivariano, y ahora terruño de marcas para satisfacer el checklist de algún visual key y branding guide de mercaderistas en eso que piensan es lo “popular” y “orgánico”. Por autocensura y no herir sensibilidades dando otros ejemplos, la zona de San Agustín es un caso muy descriptivo del actual paisaje híbrido de las fiestas; espacios adormecidos para la autocrítica por las nuevas micropolíticas que aprendieron rápido las reglas del juego. Después de anular la movilización comunitaria y ceder a las respuestas polarizantes ante cualquier conflicto, tiene sentido que busquen instalarse de otros modos, es lógico pensar, además, que necesitan contenido para alimentar la marca país liderada por herederos afectivos, y por esa y varias razones (como la gamificación de la fantasía de personas del este siendo recibidas en el oeste como turistas, pero eso da para otra hilo narrativo) permiten que exista. Todo lo que atenta contra la gobernabilidad fracasada es intervenido o interrumpido, asimismo, mucho de lo que resiste sin desbordarse es aprobado solo porque juega en la cancha con las mismas instrucciones, o con la misma clave

La nueva fascinación diplomática: una Land Cruiser, y una fiestica.

Los cuerpos tampoco son ingenuos. Un cuerpo  intuye cuando lo están usando y se vuelve instrumentación para la consigna. Para variar, hay otro pliegue fastidioso en esta escena y tiene que ver con los costos. Las fiestas exigen, además de cuerpo, dinero. Cover, tragos, outfit, y una solvencia económica que no es mayoritaria en nuestros contextos, mucho menos para nuestro sector generacional. Algunos entran con comodidad absoluta y otros pueden ver solo desde las aceras digitales; si el poder adquisitivo excepcional es la premisa de tu fiesta, si tu cover representa el 90% de un salario, ¿para quién es tu fiesta, entonces?. Reconozco y agradezco que estos espacios hayan servido como apuesta de validación para comunidades de artistas y disidencias, imposible borrar ese gesto, pero también sospecho en la nueva contracultura de la tibieza y facturación que capitaliza simbólica y materialmente una libertad que no existe. Para quién estamos bailando, quién paga la fiesta, qué dealer contribuye la circulación tan noble de tusi y otras sustancias, podría alguna  fiesta llamarse “nos robaron estos 26 años”, ¿cuántos argumentos espantarían patrocinantes, aliados, permisos?. Habría que recuperar el fallo de la palabra y transitar el poder de la incomodidad como consigna, porque los cuerpos además de necesitar descargarla, también se embargan de ansiedad y preguntas sociales, o al menos deberían. 

Esta crónica sin conclusiones no va de moralizar la fiesta ni solicitar sacrificios o mártires que renuncien al placer -o a la libertad, siendo que algún mal comentario nos haga terminar en el centro comercial de diversiones dictactoriales-, pero quizá haría falta hacernos un par de pregunticas juntos. La pachanga como horizonte único se queda corta, es tortura y tinnitus. Estuvo jevi en un momento, claro que sí, y hasta cuándo será eso. 

Deja un comentario