Se llama Valentina y no hace falta ocultar su nombre.
Siempre son demasiadas. Nunca suficientes, nunca pocas. Las siguientes descripciones seguro se ajustan a varias de ellas. El queso y la fermentación visual que Valentina ha provocado en todos nosotros es innegable; hay algo en su cutis, en su iris de tono ron añejo, en los tatuajes absurdos que dan cuenta de un pasado más ingenuo; ciertamente, también juega un papel crucial la firmeza corporal que ofrece no haber tenido demasiadas preocupaciones en la vida. Ha sido actriz, productora, ONGista, runner, novia de empresario sospechoso, ex jefa, ex amiga y, por sobre todas las cosas, ex.
Una mujer como Valentina es un cachito de cochino, una parte de su esencia es deliciosa de oír pese a esa voz carrasposa consecuencia de cuando fumaba (lo está dejando, eso hacen las ex), o ese tonito que se adquiere en algún lugar de Caracas. Y así como un cachito de cochino pareciera una idea insuperable, resulta que es también incómodo de comer, pesado, un buen empaque con un relleno difícil, por no decir intragable. ¿Por qué un desayuno sensual adolecería tantos abandonos?, ¿por qué seguiría entibiando la vitrina y pocos se atreven a pedirlo?, ¿por su tamaño?, ¿por lo que cuesta? [te vendes caro, Valen, tú lo sabes].
Cuando abrió la relación con el chef, su vida pareció estar más desfasada que nunca (¿acaso la gente no sabe que cualquier relación con un chef está siempre abierta?), luego siguió disfrazándose en cualquier fiesta, las holísticas, las de éxtasis, las fromtheworld. Poco se sabe sobre ella y sus aspiraciones, poco menos que sobre las veces que se ha desfasado o quiénes la han orbitado. Siempre quise conocerla más, pero su fachada de cachito delicioso lo hacía complicado, eran demasiados procesos para extraer algo de información sobre su vida, sus planes o ideas, su futuro, sus deseos. Así, una mujer como Valentina es un permanente proceso y un desfase constante, porque no parece estar en algún presente accesible; solo navega en una categoría gastronómica en la que suena -y te sigues viendo, tranquila- muy deliciosa, pero es un plato forzoso de recibir a las siete de la mañana, y a cualquier hora, en verdad, porque como almuerzo o cena será insuficiente. Al final, puede que sea un desfase entre la lujuria frente al placer-placebo, o a la incomodidad gástrica semanal que pueda generar por días su consumo. Valentina y los cachitos de cochino están mucho mejor resguardados en esa vitrina, siendo exhibidos para abrir el apetito, para avivar el hambre y salivar, nunca para satisfacer. Algunos personajes sirven únicamente para sugerir el deseo, no así para ejecutar la satisfacción.
Ah, sí, íbamos a hablar de tus procesos. Tus procesos están desfasados por intentar cumplir un rol forzosamente, uno que nadie pidió, porque siempre supimos que estabas mejor resguardado en tu vitrina cálida, sustentada por esfuerzos mínimos, acondicionada a todo menos a tus decisiones, cómoda, abarrotada de lo que no puedes atender pero te refugia. Ojalá en tus procesos y desfases nunca me hubieses tomado la mano. Esto me pasa por confiar en alguien que no va nunca al mercado.
Especulación en memoria de que Valentina no conocía Quinta Crespo.
Tampoco tendrá que conocerlo nunca.
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